De la jornada en que un corredor de edad madura venció más a sus temores que a la distancia
Cuenta la verdad, que es hija del tiempo y madre del buen juicio, que me hallé en la villa de Tavernes con propósito de correr ocho kilómetros, empresa que no me parecía menor, pues traía los isquiotibiales y los glúteos tan molidos de pasadas fatigas, que antes semejaban pertenecer a un viejo soldado que a un humilde corredor. Y era tan grande mi desconfianza, que dos días antes apenas había recorrido quinientos pasos largos cuando me vi obligado a trocar la carrera por el andar, como quien rinde las armas antes de entrar en la batalla.
Así pues, llegado el momento de la salida, determiné no fiar de ímpetus ni de vanaglorias, sino de la prudencia, que muchas veces alcanza donde la fuerza desfallece. Corrí con paso corto y conservador, guardando siempre un resto para el siguiente trecho, como hace el caminante sabio que no bebe toda el agua en la primera fuente.
Grande era el calor con que el sol nos perseguía, y parecía querer probar cuál de los dos, él o nosotros, tenía mayor constancia. Mas la buena gente del lugar, movida sin duda de caridad, nos regalaba de trecho en trecho con manguerazos de agua, que caían sobre nuestras cabezas como bendiciones venidas del cielo.
Esperaba yo que el dolor, cual traidor emboscado, saltase sobre mis piernas en cualquier recodo del camino, mas fue tan cortés aquel enemigo que se contentó con una ligera molestia, más amiga de advertir que de impedir. Entonces comprendí que muchas veces los fantasmas que fabrica la imaginación son de mayor tamaño que los males verdaderos.
Acompañábame Nanda, compañera de camino y de ánimo, la cual emprendió conmigo la aventura; mas quiso la fortuna que no pudiera concluirla, y hubo de dejar la empresa antes de alcanzar la meta. No por ello fue menor su valor, porque no siempre vence quien acaba, sino también quien tiene el ánimo de comenzar.
Llegué finalmente al término de la carrera sin prisa y sin estruendo, más lento de lo que algunos llamarían digno de alabanza, aunque con una satisfacción que ningún reloj sabe medir. Porque, al detenerme, conocí que aún me quedaban fuerzas para algunos kilómetros más, y no hay riqueza comparable a descubrir en uno mismo un caudal que creía agotado.
Y si alguno preguntare cuál fue el mayor premio de aquella jornada, responderé que no fue medalla ni clasificación, sino el secreto contento de saber que, hallándome a un solo mes de cumplir sesenta años, todavía puedo ceñirme un dorsal, desafiar mis dudas y volver a casa con el corazón más ligero que cuando salí. Porque mientras un hombre conserve el deseo de ponerse en camino, nunca será del todo viejo, aunque las canas, con mucha autoridad, se empeñen en decir lo contrario.
(Estas líneas no salieron de la pluma de Cervantes, sino de una inteligencia artificial que, con el mayor respeto, procuró remedar su estilo para contar una historia verdadera. Si al lector le agradan, el mérito es del maestro; los yerros, de quien quiso imitarle.)


















