Rotglà i Corberà es uno de esos pequeños pueblos de la comarca de la Costera donde uno va a correr sin esperar grandes acontecimientos. Tres vueltas a un circuito con pequeñas subidas y bajadas. Lo suficiente para que las piernas tengan que trabajar un poco más de la cuenta y para que la carrera no se convierta en una simple línea recta.
Llegaba con buenas sensaciones. Los últimos entrenamientos habían salido bien y empezaba a notar algo que hacía tiempo que no sentía con tanta claridad: fuerza. No sabía exactamente qué podía esperar de mí, pero tenía la impresión de que las cosas empezaban a encajar.
La carrera no tuvo demasiado que reseñar. A veces sucede así. Suena el disparo, empiezas a correr y cada kilómetro va ocupando su lugar. Sin grandes sobresaltos, sin nada extraordinario que contar. Solo el camino, las piernas y ese pequeño diálogo que uno mantiene consigo mismo mientras intenta encontrar su ritmo.
Fui de menos a más, como hacía antaño. Sin precipitarme al principio, dejando que el cuerpo encontrara su sitio. Hacía tiempo que no corría de esa manera, con la sensación de que todavía quedaba algo guardado para el final.
Y entonces llegaron los últimos dos kilómetros.
Me encontraba fuerte. No era solo una impresión pasajera. Las piernas respondían y podía aumentar el ritmo sin tener la sensación de estar gastando más de lo que tenía. Empecé a correr a una velocidad que hacía años que no me permitía. No sé si era exactamente la misma que recordaba, pero se le parecía lo suficiente como para reconocerla.
En esos momentos no necesitas demasiadas explicaciones. Corres y punto. El cuerpo hace su trabajo y la cabeza, por una vez, deja de poner objeciones.
Terminé con buenas sensaciones. No había conseguido ninguna marca extraordinaria ni tenía una historia espectacular que contar. Pero tampoco hacía falta.
Me quedé con esos dos últimos kilómetros, con la fuerza que apareció cuando más la necesitaba y con la impresión de haber recuperado una manera de correr que creía un poco olvidada.
Después de todo, entrenar consiste también en eso: repetir los mismos gestos durante semanas, sin saber muy bien cuándo van a dar sus frutos, hasta que un día, en una carrera cualquiera de un pequeño pueblo de la Costera, descubres que puedes volver a correr como antes.


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