26 junio, 2026

Nocturna de Riba-roja 7 K. La carrera nocturna de Riba-roja o cómo descubrí que todavía no estoy para el desguace

Hay personas que deciden correr un siete kilómetros porque buscan una marca, un podio o una fotografía heroica entrando en meta con los brazos en alto. Mi caso era bastante más modesto: quería comprobar si, después de dos meses de preparación, seguía siendo un ser humano funcional o si el organismo había iniciado ya el proceso administrativo para convertirme en mueble antiguo.

La carrera nocturna de Riba-roja se había convertido en mi objetivo. No porque aspirara a ganar nada —la organización todavía no contempla un premio al corredor más optimista—, sino porque necesitaba una fecha que me obligara a salir a entrenar cuando el sofá desplegaba todo su poder de seducción.

Los entrenamientos fueron una mezcla de ilusión, prudencia y negociación permanente con las piernas. Corría poco. Mucho menos de lo que recomiendan los manuales. En cambio, el gimnasio se convirtió en un aliado inesperado. Sin saberlo entonces, aquellos ejercicios de fuerza acabarían haciendo más por mí que muchos kilómetros de sufrimiento.

La aventura comenzó incluso antes del disparo de salida. Fui a recoger el dorsal y realicé una maniobra digna de estudio: regresé orgulloso con la camiseta oficial... y dejé el dorsal olvidado en la zona de entrega. Hay personas que olvidan las llaves de casa; yo decidí olvidarme del único objeto imprescindible para participar en la carrera.

Cuando caí en la cuenta regresé con esa mezcla de esperanza y resignación con la que uno vuelve a una cafetería convencido de que ya no encontrará el móvil sobre la mesa. Pero el destino, que a veces también corre, quiso que Ilde lo hubiera visto. Reconoció inmediatamente mi nombre y lo puso a buen recaudo. Tener un vicepresidente tan atento en el club de ajedrez demuestra que la vigilancia estratégica no solo sirve para defender un peón.





Antes de la salida nos reunimos un buen grupo en casa de Coto. Es uno de esos momentos que justifican apuntarse a estas pruebas. La carrera dura poco más de media hora para algunos y bastante más para otros, pero las conversaciones previas siempre parecen durar cinco minutos.

Entre los asistentes apareció Vallejo con gesto prudente.

—Yo voy contigo.Estoy fatal. No sé si podré seguirte... lo típico.

Conocía perfectamente mi ritmo y parecía dispuesto a acompañarme en aquella expedición arqueológica.

Se dio la salida.

Los primeros metros eran cuesta abajo.

Vallejo aceleró.

Pensé: «Claro, es la pendiente.»

Cincuenta metros después seguía alejándose.

Doscientos metros después ya era una pequeña silueta.

Al finalizar la carrera me había sacado una minutada. A estas alturas sospecho que su concepto de "ir contigo" pertenece a una escuela filosófica distinta de la mía.

Nanda sí hizo exactamente lo contrario. Corrió cerca, siempre a su ritmo, sin dejarse llevar por entusiasmos pasajeros. Se la veía motivada y constante, una combinación bastante más eficaz que cualquier discurso épico.

Yo, sorprendentemente, me encontraba bien. Demasiado bien para mi gusto. Eso me hizo desconfiar inmediatamente. Sabía que el recorrido guardaba una pequeña trampa: ese último kilómetro y medio que empieza a mirar hacia arriba con una sonrisa maliciosa, como diciendo: "Hasta aquí te has divertido."

Y efectivamente, llegó.

Las piernas empezaron a negociar.

Los pulmones solicitaron una reunión urgente.

La cabeza propuso abandonar toda actividad física y abrir una heladería.

Pero seguí.

Como siempre, llegué sufriendo. Creo que esa ya forma parte de mi estilo personal. Si algún día cruzo una meta sin cara de estar resolviendo un problema existencial, será porque me he equivocado de recorrido.

Lo mejor fue descubrir que el cronómetro marcaba bastante menos de lo que esperaba. No podía atribuirlo a un entrenamiento específico para correr, porque apenas lo había habido. Todo apunta a dos culpables: haber perdido algunos kilos y haber fortalecido las piernas en el gimnasio. Resulta que el cuerpo, cuando pesa menos y funciona mejor, corre más deprisa. Quién lo iba a decir.

La ciencia es fascinante.





Después llegaron los auténticos premios de la noche: helados, piscina, unas cervezas bien ganadas y esa agradable sensación de haber recuperado una pequeña parte de uno mismo.

Porque al final no se trataba solo de completar siete kilómetros.

Se trataba de volver.

Y eso, después de tantas dudas al comenzar hace apenas dos meses, supo mucho mejor que cualquier medalla.

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