Salí muy despacio,más despacio de lo que estaba acostumbrado. Más despacio de lo que, en algún lugar de mi cabeza, consideraba necesario. Pero aquella mañana la carrera de Sueca no era una carrera. Era otra cosa. Un entrenamiento disfrazado de carrera.
8 Kilómetros por delante y un objetivo mucho más lejano: la media maratón de Riba-roja. Durante los primeros kilómetros pensé varias veces en acelerar.
Las piernas parecían decirme que podía hacerlo. Había espacio para correr más deprisa. Una parte de mí quería comprobar cuánto podía apretar. Esa parte siempre está ahí. Es paciente. Espera su momento y, cuando encuentra una pequeña oportunidad, susurra:
Vamos. Un poco más rápido.
Pero esta vez no le hice caso.
Sabía que todavía no tocaba.
Había venido a buscar fondo. A enseñarle al cuerpo que podía correr durante más tiempo sin necesidad de convertir cada kilómetro en una pequeña batalla. Así que seguí despacio.
A mi alrededor, la carrera avanzaba como avanzan las cosas cuando uno deja de intentar controlarlas. Algunos corredores se alejaban. Otros aparecían por detrás. Las calles de Sueca pasaban delante de mí y yo simplemente seguía corriendo.
En algún momento aparecieron dos hombres. Los dos eran septuagenarios. No sé exactamente cuándo empezamos a correr juntos. Primero uno estaba delante. Después apareció el otro. Durante buena parte de la carrera fuimos los tres, aproximadamente al mismo ritmo. No necesitábamos hablar.Cada uno llevaba consigo sus propios pensamientos.
Me gusta esa clase de compañía. Tres personas que no se conocen demasiado, que probablemente nunca volverán a encontrarse, pero que durante unos kilómetros comparten algo tan sencillo como respirar y avanzar. Ellos dos y yo.
Y mientras corría entre aquellos dos hombres pensé que quizá el tiempo no era exactamente una línea que avanzaba hacia delante. Quizá era algo más parecido a una carretera. A veces mirabas hacia delante. A veces hacia atrás. Y en ocasiones, sin darte cuenta, te encontrabas exactamente en medio.
Eso fue lo que ocurrió al final.
Uno quedó delante de mí.
El otro, detrás.
Había empezado la carrera pensando únicamente en el futuro: en Riba-roja, en los 21 kilómetros, en llegar algún día hasta allí sin sufrimiento.
Y terminé pensando en otra cosa. En que para llegar lejos también hay que aprender a ir despacio. Crucé la meta.
No había intentado hacer una gran carrera. No había buscado una marca. Había hecho exactamente lo que había venido a hacer.
Coger fondo. No sufrir. Contenerme cuando podía acelerar. Y llegar con la sensación de que todavía quedaba algo dentro.

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