Hay carreras que uno marca en rojo en el calendario y otras que aparecen simplemente para comprobar si todo ese esfuerzo de las últimas semanas ha servido para algo.
La de ayer pertenecía claramente al segundo grupo.
Después de tres años sin correr, no tenía muy claro qué podía esperar de mí mismo. Bueno, en realidad sí lo sabía: que iba a salir despacio. A estas alturas de la película uno ya tiene asumido que las carreras no se ganan en los primeros quinientos metros, pero sí se pueden perder.
La preparación tampoco ha sido precisamente la de un atleta keniano. Hace apenas dos meses estaba en la cinta del gimnasio alternando un minuto corriendo y dos andando. Así de humilde fue el comienzo. Un minuto corriendo. Dos andando. Y vuelta a empezar. Lo que vino después fue simplemente ir añadiendo un ladrillo encima de otro, sin prisas, sin heroicidades y procurando no romper nada por el camino.
Ayer, mientras esperaba la salida, no tenía ninguna presión. La verdadera cita es dentro de dos semanas, en la nocturna de Riba-roja. Esta carrera era poco más que un examen parcial para ver si el alumno estaba preparado para presentarse al final.
Antes de empezar tuvo lugar una de esas situaciones curiosas que solo pasan entre corredores veteranos. Nanda y yo nos habíamos inscrito juntos, pero llevábamos unos días algo enfadados. Nada grave, de esas tonterías que con el tiempo resultan mucho menos importantes de lo que parecían en el momento. El caso es que, entre tanta gente, nos encontramos casi por casualidad. Un saludo, unas palabras, y asunto resuelto. Pelillos a la mar. La vida es demasiado corta para desperdiciarla en enfados, y más aún si hay una carrera por delante.
Salí fiel a mis principios. Es decir, viendo cómo algunos corredores desaparecían en el horizonte mientras yo intentaba convencer a mis piernas de que aquello no era una locura. Los primeros kilómetros transcurrieron con buenas sensaciones. Nada espectacular. Nada épico. Simplemente la agradable sensación de que el cuerpo colaboraba.
Conforme avanzaba la carrera ocurrió algo que no esperaba: seguía teniendo gasolina.
Y entonces empezó ese juego tan divertido que solo se produce cuando has salido con cabeza. Algunos corredores que al principio parecían inalcanzables empezaron a acercarse poco a poco. No porque ellos fueran más lentos, sino porque yo seguía manteniendo el ritmo.
Lo mejor fue descubrir que podía acelerar. No mucho, no vayamos a exagerar para que luego alguien piense que me estoy inventando la historia, pero sí lo suficiente para terminar bastante más rápido de lo que había imaginado al tomar la salida.
Mientras cruzaba la meta me vino inevitablemente a la cabeza el camino recorrido estos dos meses. Aquellos primeros entrenamientos en la cinta, las sesiones de fuerza, el trabajo de piernas, las horas de gimnasio y también esos casi diez kilos que se han quedado por el camino. Quizá la explicación esté ahí. O quizá haya algo de magia. Aunque, conociéndome, me inclino más por lo primero.
No voy a sacar conclusiones grandilocuentes. Ya me conozco. El running tiene la mala costumbre de recordarte rápidamente cuál es tu sitio cuando empiezas a creerte mejor de lo que eres.
Pero sí me quedo con una certeza.
Hace dos meses, correr esta carrera con estas sensaciones me habría parecido muy difícil. Ayer, en cambio, terminé pensando que dentro de dos semanas la nocturna de Riba-roja puede ser mucho más divertida de lo que imaginaba.
Y como toda buena carrera popular que se precie, la mañana no terminó en la meta. Terminó alrededor de una mesa, con un almuerzo más que merecido.
La carrera era una prueba para Riba-roja.
El almuerzo, en cambio, era el objetivo principal.

No hay comentarios:
Publicar un comentario